Un oficio menos romántico que lo que parece
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Es fácil creer que el molinero llevaba una vida idílica en un paisaje encantado. Sin embargo, este oficio no era broma.
Las condiciones de trabajo en la molienda eran difíciles. Imagínense todos esos pesados costales de harina y granos que había que trasladar. Ni hablar del ruido ensordecedor de los mecanismos ni del aire saturado de polvo de la molienda. Las jornadas eran largas, y el pobre molinero podía volverse duro de oído y desarrollar trastornos respiratorios.
Igual de agotador era para su esposa, la molinera, quien debía vivir en ese mismo ambiente. ¡No era un lugar muy propicio para criar una familia! Pero por otro lado, facilitaba que los hijos se iniciaran en el oficio como aprendices.
Los hermanos Michel
Los hermanos Alfred y Welly Michel detrás del molino
Fuente: Marcelle Rivard
Vajilla de la familia Michel
Vajilla de la familia Michel en la vivienda del segundo piso al momento de la restauración del molino.
Fuente: Sociedad de amigos del Moulin Michel
Alfred y Welly Michel
Alfred Michel remodeló la vivienda del segundo piso para habitarla junto con su hermano Welly. La molienda se hacía en familia. Aquí los vemos posando a mediados de la década de 1980.
Foto de la izquierda: Alfred Michel
Fuente: Sociedad de amigos del Moulin Michel
Foto de la derecha: Welly Michel
© Mark Tomalty

Un molino rojo que no baila el cancánLa vida en un molino repleto de mecanismos y de maquinaria pesada venía con su cuota de riesgo. Cuenta la leyenda que los molinos que se cobraban víctimas eran apodados «molinos rojos». Es el caso del molino de Gentilly. En 1825, el sobrino y aprendiz de Joseph Grindler moría a sus 13 años aplastado por los movimientos del molino. Un acontecimiento tristísimo.

El dueño del señorío daba por sentado que su molinero estaba siempre presente en su molino. Hasta se cuenta que, para poder ausentarse, el primer molinero de Gentilly debía pedir permiso con tres meses de antelación. ¿No les parece mucho?